sábado, 12 de julio de 2008

EL MANUSCRITO ENCONTRADO EN BRUSELAS...

La otra tarde Natacha me trajo unas cajas llenas de papeles y otras cosas que estaban en el sótano desde hacía bastante tiempo.

Es la herencia del movimiento casi perpetuo que nos agita a todos los de mi familia desde tiempos muy remotos.
A un promedio de una mudanza cada año y medio, mas o menos, y no solo cambiando de barrio, sinó de ciudad y también de país.
El movimiento casi permanente, la vida casi errante, la trashumancia del exiliado impenitente.

Y ella, claro, como buena hija mía que es, no solo heredó los hábitos.
También mis papeles, esculturas, fotografías, pinturas, grabados, libros y otras visicitudes de la vida de artista y ex refugiado político.

Pero a veces hace falta compactar un poco todo aquello, el lugar no sobra últimamente.
Y es así que se puso a la tarea, junto a Cristina, Enrique y Alberto, de reacomodar los tan vapuleados archivos akásicos de treinta años por Europa.

Yo estaba pensando en mi partida hacia Argentina pasando por Cataluña de dos días mas tarde, así que mucho no podía ocuparme de estos menesteres.
Pero bueno, las cajas allí estaban, y yo debía hacer el “triage” de aquello.

Así que a la tarea me puse.

Y claro, sale a relucir la historia cada vez que abrimos aquellos recipientes desde hace décadas cerrados.
Papeles, folletos, invitaciones a exposiciones ya olvidadas, fotos, pequeñas cosas.

Tomé una, como se dice comúnmente, salomónica decisión, ya que no podía dedicarle mucho tiempo emocional a esta cuestión.
Coloqué cerca mío una gran bolsa de deshechos y comencé a tirar todo casi sin mirar.

Pero de pronto, sorpresa.

Tenía entre mis manos algo que escribí hacia mis veinte años, meses más o menos.

Es un cuento, humedecido por los años de sótano. Lo había buscado intensamente en otros momentos, pues tenía de él un vago recuerdo y quería saber que era lo que podría haber escrito en aquellos tiempos tan lejanos.

Resulta que en esa época estudiaba cine con Nicolás Sarquís. Y escribí este texto para, a partir de él, elaborar un guión para la realización de un corto metraje. No hubo tal, pero quedó este texto.

En él se concentran no solo recuerdos personales y relatos de mi padre, de cuando volvía de sus viajes al Tucumán de los 50.

El me contó la historia del niño lustrabotas que aparece en el texto.
Le agregué impresiones y recuerdos de mi propia infancia, y también le puse mucha imaginación.

A lo que se sumó la tensión social de aquellos años, y las ideas que agitaban poderosamente a buena parte de mi generación.

Después de pensármelo unos días, decidí ofrecérselo a ustedes en el blog.

Me sabrán disculpar.

A veces lo mejor que se podría hacer con estas cosas es tirarlas al papelero.
Pero fui débil y no pude.

Prefiero con honestidad mostrarlo, quizás les guste algo de lo que en aquellas épocas escribía.

El texto carece de titulo.

Y confieso, por último, que le cambié el final.
Es decir, suprimí el aspecto trágico del desenlace para que quede así, mucho mas esperanzador, y también, quizás, mas idealista.

O quizás no.

En fin, ustedes decidirán.




Nació a orillas de la acequia, cerca del agua, debajo del techo de paja, a la sombra de los paraísos, cerca de los sauces llorones.

Allí estaba ese mundo.

Con el habló sin articular palabra. Allí creó sus seres fantásticos, y sus fantasmas.
Allí aprendió a jugar en el barro con el barro.

Aprendió también a oír la oscuridad, con su cascada de grillos y de ranas desbarrancadas, con el crujir de los sauces contra el viento, con los sollozos de su madre junto al sol de noche.

Intuyó que no había tregua.
Que nunca la habría.Era un sentimiento aislado, como un recuerdo muy lejano, que se terminó por caer a los diecisiete años, a pesar de que siempre había existido, mezclado con sus pobres recuerdos infantiles.

Después de cumplir los siete años, comenzó a ir todas las mañanas hacia el pueblo, a la capilla.

Le gustaba caminar por la huella más profunda del camino, saltaba los charcos más pequeños, pisaba los grandes. Pateaba todas las piedritas y latas del camino, en especial las de conservas, que rodaban mucho y caprichosamente.

Llegaba casi siempre con las manos en los bolsillos y los ojos fijos en la vereda, tratando de sorprender algún charquito, entre ladrillo y ladrillo con su capa de escarcha como de vidrio verdoso, para pisarlo de improviso y poder sentir ese deliciosos crujido bajo las pampero.

Después, se apoyaba contra la pared húmeda de la capilla, decorada de verde y con mil habitantes rumorosos con su reina araña, esperando que pasara alguien y extendía la mano deliberadamente embarrada.

Más tarde, los saltos y las corridas alrededor de los que caminaban por la vereda. Los tirones en las mangas, especialmente de aquellos que entraban, quizás a rezar.

Esto lo practicó mucho tiempo junto a los tres vagos del otro lado de la acequia, que llegaban casi puntuales a eso de las nueve, todos los días.

Algunas veces, a medio día, se divertían peleando con los que iban a la escuela que quedaba pegada a la capilla. Sus caritas blanquitas, sus guardapolvo blanquitos, sus manitas blanquitas. Sus ojos con desprecio, sus bocas con insultos. ¡Negro de mierda, cabeza!

A cada insulto, las piedras eran mas grandes, cada chillido dolía más adentro, le hacia arrancar piedras mas pesadas, con mas barro.
De vez en cuando aparecía un cura, que los corría blandiendo una vara, enredándose en la sotana.

Pasó bastante tiempo de aquella manera, llevando algunos pesos todas las tardes a su rancho de allá cerca de los paraísos, de la sombrita fresca en el verano y del frío pegado en el barro del invierno, junto a la acequia.
Muchos días llevando monedas que se juntaban en el apagado tintineo del monedero de su madre.

De su padre, hacia mucho tiempo que no sabía nada.
Tan solo recordaba los gritos de una noche, mucho, mucho tiempo atrás. De su madre gritando despeinada, de su padre tambaleante y con los ojos rojos. De dos bultos que se agitaban y luchaban, a contra ritmo de sus sombras, del sol de noche agitándose despavorido en el centro del rancho.
Siempre se acordaba de esa escena. Era quizás el único recuerdo claro de su padre, de la representación de su padre. De un hombre que siempre venía a su mente con ojos llorosos, con puños grandes, que golpeaban la mesa con rabia, haciendo volar los vasos. De aquellos nudillos rojos de desesperación, quizás de golpear puertas en vano, o mesas, no sabia bien.

Después, vinieron otros padres, pero nunca los recordó mucho, será porque nunca se fijó demasiado.
El único recuerdo que quedaba de ellos eran sus hermanos que ya a esas alturas eran cuatro.

A los diez años decidió que en invierno el parador donde se detenían los trenes, era el lugar mas lindo del pueblo. Era todo blanco, bastante altas sus paredes, y cuando se apoyaba en ellas sentía como un viento caliente en la espalda.
Allí se sentaba a la hora de la siesta, después de estar bajo la fría sombra de la iglesia. Y se adormecía despacito, porque ya se había comido el pan robado al panadero gordo con bigotes y alpargatas de enfrente a la plaza.

Había que esperar que sacara la canasta a la vereda para subirla al carro, y fuera adentro a buscar otra. Entonces lanzarse a toda carrera y pescar un pan al vuelo.

Siempre había viejos que venían a pararse un rato al solcito junto al paredón. Y a veces las chicas de la tienda de enfrente, la de las vidrieras llena de dibujos de gatitos enredados en ovillos de lana y calzones para viejas.

Pasó el tiempo.

Un día se encontró por allí a uno de sus antiguos compañeros de tirar la manga.
Cuando volvió para el rancho, ya se traía dos cajones de manzanas nuevitos. Se paso hasta tarde martillando.

Al otro día ya estaba instalado desde el primer solcito de la mañana junto al paredón blanco, con su cajoncito, un par de cepillos, un trapo que antes era una camiseta y dos tarros de cobra.
Así empezó la nueva etapa, muy productiva los días en que paraba el tren de Buenos Aires, donde venían porteños que preguntaban si tenia padre, donde vivía, cuantos hermanos tenia, a quien le daba el dinero…, y que después, generalmente, terminaban pagando el doble por la lustrada.

Los vagos de la iglesia decían que la cosa era irse para Buenos Aires. Siempre lo decían, hasta que no los vio más.
_Se fueron nomás_ le dijo el cafetero de la estación.

A el lo asustaban un poco esos porteños con sus zapatos bonitos, siempre brillantes, que se lustraban sin necesidad, y encima pagaban doble.

Por los quince empezó a irse para las chacras. Era lindo caminar entre lo maizales, donde no había viento frío, con el solcito tibio y el ruido crujiente de las cañas.
Sentía en sus brazos una fuerza que crecía, que se asentaba en las manos. En las manos que ya tenían la necesidad de aferrar un machete, un hacha, o un pico. Tal vez otra mano.

Anduvo mucho por las chacras. Visito todas las de por allí. Al final terminó acostumbrándose a las historias de los chacareros, de que no había trabajo, de lo poco que había lo hacían con sus hijos, que para colmo el nunca había estado en esto, que tenia pinta de vago, que había que levantarse temprano y trabajar mucho.
Siempre las mismas historias. Y el siempre repetía lo mismo. Que quería trabajar, que iba a aprender, que se levantaba temprano. No dio resultado.

¡En Buenos Aires trabajás de lo que sea, si hay para todos, tienen la plata del país los porteños. Podes emplearte en un bar, o en una fábrica, si conseguís. Siempre hay rebusque. ¡Tomatelás, pibe! Eso le dijo el cafetero de la estación.

Con los dieciséis años que ya tenia se sentía con fuerzas, capaz de hacer muchas cosas, hasta de levantar bolsas de cincuenta quilos, sin doblarse, de puro macho. Seguro que los de allí son todos unos flojos, se decía, y cada vez sentía que tenía mas fuerza.

Hasta que un día metió sus cosas en un bolso y se fué. Con sus pocas pilchas, sus pequeñas cosas, sus grandes esperanzas.
Tenía donde ir, una dirección, la de uno de los vagos que no veía desde por lo menos los catorce años.
¡Es en una villa, decile al Juan Carlos que me mande unos pesitos en cuanto pueda!, fue lo último que le grito la vieja desdentada desde la puerta del rancho, al otro lado de la acequia, la tarde antes de irse.

Todo era ruido y ecos, gritos y corridas. Lo empujaron varias veces, tropezó otras tantas con bultos apoyados en el suelo, junto a personas que se abrazaban, se besaban, clamaban hacia las ventanillas.

¡Ya estoy en Buenos Aires…la pucha!

Pero Buenos Aires se le reducía rápidamente a ese conglomerado de gente que lo arrastró hasta el hall enorme y luego lo dejó solo.

Dejo el bolso en el suelo, tomo aliento, pensó y repensó, compro Clifton y tomó un café parado.
Sentía un calorcito en el bolsillo, allí donde su mano izquierda apretaba el papelito. Tomó impulso y salió a la calle.

Una explosión.

Era un mundo que estallaba en sus oídos a cada instante. Vio esa noche falsa, falsamente iluminada, falsamente dividida por todos esos, que corrían a treparse a los colectivos, que comían panchos parados leyendo el diario, empujando el final de la salchicha con el dedo para poder salir a correr a la calle mas rápido, los que gritaban, los que puteaban, los que esperaban.

Los que esperaban sentados sobre valijas y bolsos, con la misma cara que seguramente tenia el en ese momento. Le vino de pronto el recuerdo de las noches con ranas y grillos, junto a la acequia.

Esa noche dormitó sentado sobre el bolso, apoyado contra una pared de la estación.
Se despertó o mejor dicho, abrió los ojos cuando los gritos aumentaron hasta hacer insoportable el esfuerzo por tenerlos cerrados.

Se levantó, se estiró, volvió a mirar ese mundo que lo rodeaba. El nuevo mundo.
Registro el bolsillo, como con miedo, hasta sentir con la punta de los dedos al papelito, que allí lo esperaba.

Después de mirar minuciosamente como el agua del inodoro se llevaba una parte que había sido suya por un tiempo, se dirigió lentamente a tomar un café. Luego preguntó varias veces hasta encontrar un diariero diligente.

Trepó a un montón de hierro trepidante y sudoroso, donde se amontonaba gente que tenia la mirada extrañamente perdida. Los miró un instante y luego sintió vergüenza, bajó la cabeza y se dedicó a ver como los zapatos de distintas razas se pisoteaban, se empujaban y entrechocaban en una especie de enjambre oscuro, cerca de los suyos, que le parecieron distintos a los de los demás.

Eso duró solo un momento, pues enseguida, gracias a una formidable fuerza aplicada a la altura de sus riñones, cayó sobre los sonámbulos. Le quedó en la retina una imagen, la de sus zapatos hundiéndose en la misma oscuridad de los otros.

Después de sostener alguna batallas subterráneas, de escuchar algunas discusiones cerca de sus oídos, y haciendo esfuerzos por entender las explicaciones que le dieron algunos de los que lo rodeaban, se largó cansado del armatoste rodante.

Empezó a caminar por vereditas embarradas, un poco sorprendido por el amontonamiento de latas y maderas, ropa flameando, antenas de televisión como garras contra el cielo gris, viejos sentados sobre cajones, apoyados cerca de puertas de arpillera, con la mirada fija en algún lugar del tiempo.

Perros flacos y barro. Chicos flacos y barro. Mucho barro, mucha vida flaca en él, jugando con él, hundiéndose en él.

Preguntó y le dijeron. Mas adelante volvió a preguntar. Esta vez mostró el papelito. Otra vez le dijeron.

Se sentó a pensar sobre un cajón de manzanas. Prendió un cigarrillo y se dio cuenta que estaba solo, y si alas.

_Parece que el Juan Carlos se fue a otra villa. Nadie sabe donde está_ Eso pensó que le iba a mandar a decir a la vieja del rancho, al otro lado de la acequia.

Como a los tres cigarrillos y un pedazo de pan que tenia en el bolso se le acercó una vieja.
Lo miró despacito, plantada frente a él.

…que lo mejor que puedo hacer es volverme a mi pueblo, y si no, que lo vaya a ver a un tal Gonzalez, en el centro. Que cuando me de el trabajo y tenga los termos vuelva a pasar la noche en su rancho, si no tengo donde ir…

Iba pensando y pateando una latita, un rato después que la vieja le apoyó la mano en el hombro y desapareció tras una arpillera.

El señor Gonzalez. Dos labios carnosos y con bigotes le explicaron rápidamente lo que había que hacer y donde tenía que ir, mientras dos ojitos brillantes lo estudiaban milimétricamente. Con manos diestras lo cargó con termos, vasitos de plástico y un birrete amarillo.

Ya estaba de nuevo en la calle y con un trabajo.

Pero se sentía solo y desarmado, caminando por la vereda, a pesar de que los termos parecían cañones. Casi la misma soledad que sentía apoyado contra la pared blanca, sentado en el cajoncito.

Encontró en la villa un calor distinto. Con el tiempo era como si su ranchito de la acequia se hubiera multiplicado por mil. Había muchos hombres, muchas mujeres, muchos chicos.

Casi todos hablaban con tonadas que se le hacían familiares. Usaban palabras similares, reían, gritaban, jugaban, peleaban, iban y venían. Trabajaban con algo de familiar. Poco a poco se sintió menos solo.

Y los sábados y los domingos de partido en la portátil, de grandes risas con el vino en el aliento y los barriletes de papel de diario por sobre las antenas de televisión, volando mucho mas alto que ellas, lo encontraron con las ganas de ser él,de él, para él y para todos, con todos.

Con su mano sobre otra mano.

Cada vez los termos le pesaban más. Le pesaba estar solo en el tren o la estación, vendiendo calor en vasitos de plástico.
El contraste entre las noches en los trenes y los mediodias de los sábados y domingos era cada vez más fuerte.

Hasta que una noche fué y le dejó los termos, los vasos y el birrete a las manos de la boca con bigotes y ojitos sorprendidos, y salió corriendo para la villa, y lo despertó al Coco para decirle que a la mañana se iba para la fabrica con ellos.

Y con el tiempo, mientras se lavaban todos juntos las manos y los brazos, riendo, gritando, hablando sin parar todo lo que no podían durante el día por el ruido de las maquinas, se dio cuenta de que ya era un compañero, porque tenia compañeros.

Y que eso era la mejor cosa que le podía pasar, porque todas esas manos que se sacaban la grasa negra eran como de hierro, porque estaban todas juntas, y lo defendían a el también.

Entonces hundía los puños en el agua con jabón, sintiendo que se unía a la fuerza, con su propia fuerza.

2 comentarios:

Elisabet Cincotta dijo...

A veces vale la pena detenerse. Excelente relato. Siempre me agrada leerte.

besos
Elisabet

marrett dijo...

Qué suerte que al fin encontraste el cuento "perdido". Bien valió la pena la espera, aunque yo no supiera de su existencia.
Imagino a papá hablándote de esos pibes norteños.
El cuento está muy bien escrito, con los detalles y las imágenes precisas y necesarias. Con metáforas excelentes.
Creo imaginar el final que tendría originalmente, pero el que le escribiste ahora me gusta mucho. Tal vez sí sea idealista, pero todavía vale la pena serlo.
Un abrazo
Marcelo